MAGAZÍN UCRÓNICO DE LA CIENCIA Y TECNOLOGÍA DEL MAÑANA |
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"La inteligencia del hombre es dónde brilla un rayo de la sabiduría divina" PLATÓN |
Por Patric Laneuville Châlons*. Email: plch@tiemposfuturos.es (ASUNTO: CONTACTO PATRIC) Si pudieramos materializar una sensación obtendríamos algo parecido al “El Planeta Prohibido”. La sensación a la que aludo puede ser la maravillosa de los lectores de “Pulp Ficcion” de mediados del siglo XX, de las revistas pioneras del género, como las legendarias “Astounding Stories”, Amazing Stories o Galaxy. El “Eastman Color” que rezan los títulos de crédito, la banda sonora tan inocentemente inquietante (y en su técnica, pionera), los fondos malva de ensueño y aquella entrañable nave “interplanetaria” (modelo OVNI berlina utilitario) ayudaron, sin duda. El Doctor Morbius, arquetipo del sabio ególatra y misántropo, hecho a sí mismo, que le sobra la humanidad y el mundo, (y los mundos, en este caso), ha incrementado su ya elevado coeficiente intelectual gracias a una máquina de origen extraterrestre. El artilugio, curiosamente, nos recuerda de forma impepinable a los martillos de feria, que también se elevan proporcionalmente a lo animal que sea el sujeto que los pruebe, y en este caso también, pero justo por la razón opuesta. Morbius estudia con delectación la enciclopedia que acuñaron los fabulosos Krell que guardan los secretos de un millón de generaciones de su raza, tras semidescifrar su lenguaje, quizás con una piedra de Rosetta cósmica. Pero tras su sed de conocimiento se esconden sus fantasmas, sus miedos, que le hubieran convertido en carne perfecta de psicoanálisis freudiano en cuando se tumbara en un diván. El trabajo de Walter Pidgeon es excelente, muy creíble, algo que no se puede decir de su compañero de reparto Leslie Nielsen, que podía haber rodado con una careta de si mismo y el resultado hubiera sido idéntico. Volviendo a Pidgeon, veterano actor, desconocemos si cobró doble al encarnar dos papeles, quizás opuestos, quizá complementarios, en la cinta. En su segunda actuación, discreta, implícita, trabaja….¡de metáfora! En ambas, lo dicho, impecable. Robby merece un párrafo para él solito. Vértice tecnológico de la cinta probablemente sería de los primeros robots que vieran evolucionar los espectadores de 1956. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que un tal Isaac Nosequé acababa de esculpir las tres leyes de la robótica a comienzos de la década, Robby (mientras dormía el maestro patilludo) escapó de su primer relato e hizo un papel más que digno en la película. Debió gustarle porque repitió en “The Invisible Boy” (1957), en capítulos de “The Twilight Zone” (Los límites de la realidad) y “Lost in Space” y en algunas producciones de los años 80. El robot se convirtió en el futuro un ¿objeto? de culto, un icono del siglo XX, una “Gioconda” cinematográfica idolatrado por un ejército de fans de varias generaciones. Volviendo a la movie, arrebatadora es la escena en la que el creador (Morbius/Frankenstein) le ordena al robot que detenga al monstruo y se cortocircuita. ¿Adivinan porqué? La Primera Ley (“Jamás dañaras a un ser humano o por tu inacción permitirás que un humano sufra ningún daño”), para androides suficientemente inteligentes, es aplicable también a los alter egos, por supuesto. La máquina tiene unos exquisitos modales imitados posteriormente por su sobrino-nieto C3PO, hasta en la cantidad de formas de comunicación que dominan ambos. Pero siempre hubo clases: el primero 187 y el áureo millones. Robby, antes de hablar produce un sonido en el que parecen engranarse piezas mecánicas, como si sus palabras fueran un puzzle que la máquina compone en tiempo real. ¿No es entrañable este artefacto construido de forma artesanal? Construido “para ser ajeno al mal” y “que nunca se equivoca” resuelve toda necesidad material que padre e hija puedan desear: comida, ropa, utensilios, joyas... Además, prácticamente indestructible, salvo por “el oxígeno que le produce herrumbe” ¿Les suena? Un baño de cinc hubiera solucionado el problema, aunque sin pasarse con la galvanoplastia, claro. Una mujercita adorable, hija de Morbius, se erige como único representante fémino del film, entre “18 tripulantes de entre 24 y 26 años” vestidos de marineritos, un Walter Pidgeon, como decíamos, disfrazado de si mismo, un Leslie Nielsen (Capitán John Adams) hierático y un Robby asexuado, asimoviano y nada asténico, sino fortachón a más no poder; te transporta unas toneladas del isótopo 217 del plomo como quien mueve una silla. A la chica, a Altaira, -como la estrella que calienta al Planeta Prohibido-le roba varios besos el teniente Farman antes de que el espectador haya tenido tiempo de arrellanarse en su asiento. La inocencia personificada evoluciona en escenarios arcadianos, llenos de animalitos, no tiene rubor en bañarse desnuda,… hasta que el género humano la pervierte con su maldad. Un tigre celoso de los visitantes ataca a su mismísima amiga por lo que es atomizado, que debemos entender que es mucho peor que ser desintegrado, pues entonces te despiezan en moléculas y no en átomos, más simplones, unitarios y solitarios. Perdonen que nos burlemos un poco pero lo hacemos desde el cariño y desde la obligación: Si no eres escrupuloso en los conceptos te arriesgas a esto cuando pase un siglo de tu obra. Volviendo a la chica, estudió poesía, matemáticas, lógica, física, geología y biología. Trivium y cuadrivium carolingios en versión planetaria. ¿Para qué más?. La Historia vetada, suponemos, por la sobreprotección de su padre y mentor para que no conociera, en toda su extensión, la inefable condición humana.
*Seudónimo de Ramón Galí
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PELÍCULAS DE CIENCIA FICCIÓN Y FANTASÍA. CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA. BLADE RUNNER.
MEMENTO. PLANETA PROHIBIDO. EL TIEMPO EN SUS MANOS. BRAZIL. 2001. MINORITY REPORT. CONTACT.